viernes, 23 de septiembre de 2016

FELIPE V, AZUAGA, SU ENCOMIENDA Y LOS INFANTES





I.- Felipe V y Azuaga

El primero de noviembre de 1700 murió Carlos II, último monarca español de la dinastía de los Austria. Falleció sin sucesión, circunstancia ya prevista en las chancillerías europeas más importante, que llevaban varios años negociando sobre el posible sucesor de la monarquía hispánica, con miras a mantener los equilibrios hegemónicos en el continente. Sin embargo, al reclamar los derechos sucesorios los Borbón franceses y los Austria del imperio Austro-Húngaro, la Guerra de Sucesión por la corona de la monarquía hispánica (1700-1714) resultó inevitable, recayendo al final en la cabeza de Felipe V, nieto de Luis XIV de Francia, el rey Sol. Pero el otro aspirante, el archiduque Carlos de Austria, y sus coaligados (el papado, holandeses, ingleses, portugueses…), no quedaron con las manos vacías, pues se repartieron un buen botín a costa de los intereses españoles tras el célebre y recurrente tratado de Utrecht (julio de 1713), aquel que determinó que Gibraltar pasase a Inglaterra, entre otros nefastos acuerdos para los intereses españoles.

Los azuagueños de la época fueron mudos y sufridos testigos de los hechos relacionados, alineándose con los intereses del Borbón sin que para ello fuesen consultados; simplemente siguieron las disposiciones de las autoridades del partido que, a su vez, quedaban condicionadas por las del Consejo de Castilla.

En 1702, confirmando la ineludible adhesión de Azuaga a la causa borbónica, su cabildo concejil colaboró pecuniariamente en los gastos relacionados con la boda del nuevo monarca, aportando el concejo 120.434 maravedíes de los 150.000.000[1] que mediante Real Provisión exigió Felipe V al Reino para sufragar los gastos de su casamiento con María Luisa de Saboya[2]. En cualquier caso, esta modalidad de “ayuda”, ya solicitada para otras bodas de monarcas de la dinastía anterior, fue poco gravosa comparada con el esfuerzo en personas[3], avituallamientos y dineros que supuso la guerra para regalarle a Felipe V el trono de la monarquía hispánica, monarca que, por otra parte, era nieto de Luis XIV de Francia, el rey Sol, encarnecido enemigo y auténtico depredador de los intereses de España durante la segunda mitad del seiscientos.

En plena Guerra de Sucesión, de la que no tenemos noticias que afectara directamente a Azuaga más allá de la aportación de bienes humanos y materiales, el 25 de Agosto de 1707 nació el primer vástago varón de la nueva dinastía. Se trataba de don Luis, príncipe de Asturias y después Luis I sólo durante ocho meses (15 de enero de 1724-31 de agosto de 1724), pues falleció prematuramente, retomando Felipe V la corona a la que había abdicado en beneficio del susodicho infante. Su nacimiento no pasó desapercibido en el contexto nacional, pues la guerra en la que por esas fechas nos encontrábamos involucrados derivaba de la ausencia de descendencia por parte de Carlos II, el anterior monarca[4]. Por esta circunstancia, la noticia “sobre el preñado de la Reyna, Ntra. Sra.” (María Luisa de Saboya) se celebró efusivamente en el Reino, culminando los regocijos tras el nacimiento del infante don Luis, el 25 de agosto de 1707. Días después, a través del gobernador de Llerena, el capitán general de Extremadura dispuso lo siguiente[5]:   

Habiendo la divina providencia colmado a mayor bien de estos reinos dando dichosamente a luz la reina nuestra señora un príncipe el día veinticinco del corriente, a las diez horas y dieciséis minutos de la mañana, le participo a su merced para que haciéndolo saber a su partido se regocije y se zelebre como el más universal consuelo desta monarquía….

Como así se hizo en Azuaga, acordando los oficiales concejiles que se anunciase el feliz acontecimiento por toda la villa mediante pregonero acompañado de tambores y chirimías, disponiendo a continuación que el vecindario mostrase su lealtad festejándolo y saliendo por las calles con luminarias durante varias noches, rematando la celebración con encierros y capeas taurinas.

Felipe V, que reinó algo más de 45 años (como se ha dicho, retomó la corona tras el prematuro fallecimiento de Luis I), aparte extranjero era de naturaleza melancólica y depresiva. Con la finalidad de animarle, la corte se trasladó a Sevilla entre 1729 y 1733, decidiendo el monarca pasar el verano de 1730 en la vecina localidad de Cazalla de la Sierra, circunstancia de la que han quedado recogidas puntuales noticias en las actas capitulares de Cazalla, Azuaga, Guadalcanal y otros pueblos del entorno.

La estancia de la corte en la villa de Cazalla no pasó desapercibida entre los naturales de esta zona de la Campiña y Sierra Sur de la actual provincia de Badajoz. En efecto, conocida la intención del monarca, le hicieron llegar al gobernador de Llerena distintas disposiciones[6]  ordenando que los concejos del partido debían enviar a la corte y villa de Cazalla cuatrocientos hombres con azadas y demás pertrechos (picos,  calabozos, escobas, espuertas…) para trazar y allanar los caminos de los cazaderos destinados al recreo de S. M. Más adelante, en sucesivas misivas (recogidas indistintamente en los libros de actas capitulares de Azuaga, Guadalcanal, Llerena…) se insistía en esta misma cuestión, recabando igualmente la presencia de albañiles y picapedreros.

Desconocemos el número de personas que formaban el séquito de Felipe V en Cazalla. Las crónicas de la época estiman que cuando la corte abandonó Madrid en 1729, camino de Badajoz para celebrar la boda del príncipe de Asturias (después Fernando VI) con Bárbara de Braganza, el séquito estaba constituido por más de 600 personas, que se trasladaban ocupando 85 coches, unas 400 calesas, 750 caballos y centenares de mulas. Por ello, no resulta extraño el contenido de la carta-orden recibida por los alcaldes de Azuaga[7], comunicándoles que debían suministrar a la corte instalada en Cazalla 100 fanegas de cebada y 200 @ de paja diariamente, aparte del envío periódico de gallinas, pollos, pavos, huevos, jamones, tocino, cecina y demás víveres, orden que obligó a los oficiales concejiles a continuos registros en las casas de los vecinos para requisar los víveres reclamados.

Felipe V estuvo en Cazalla hasta el 20 de agosto de 1730, fecha en la que retornó a Sevilla. Antes de su partida, dio las órdenes precisas para resarcir económicamente a los trabajadores de los pueblos que prepararon y allanaron los caminos de los cazaderos. Cotejando los datos de los ingenieros reales con los que quedaron en poder de los concejos vecinos, consensuaron que entre el 10 y el 17 de junio, ambos inclusive, trabajaron 200 jornaleros de Azuaga, otros 200 de Guadalcanal, 68 de Llerena, 15 de Valverde, 15 de Ayllones, 4 de Trasiera, 4 de Reina, 4 de las Casas, 5 de Fuente del Arco, 10 de Villagarcía, 10 de Usagre, 20 de Bienvenida, 15 de Montemolín y 30 de Berlanga. En total, 600 personas distintas que sumaron globalmente 4.800 jornales[8].

No quedó en lo relatado el esfuerzo de los azuagueños por servir a Felipe V, pues entre 1738 y 1755 también colaboraron generosamente en la edificación del magnífico y costoso palacio que se hizo construir (Palacio de Oriente), “regalándole” 60.000 reales (2.040.00 maravedíes), pues el pago de la construcción y ornamentación de tan costoso palacio cayó sobre los pechos y espaldas de los españoles de la época, con el agravante de la recurrente y abusiva necesidad del empleo de regalías de nuevo cuño a las que se acudió (venta de baldíos, entre ellos una buena parte de los de Azuaga), las artimañas financieras utilizadas y el desvío de partidas presupuestarias empleadas para su construcción, que pretendían suavizar y tapar el escandaloso coste del nuevo palacio real. En fin, golferías como las de hoy al uso, para que no se crean los ladrones de guante blanco actuales (Gurtel, Eres, Bankia…) que han descubriendo la pólvora.

Por último, cerrando este capítulo sobre las relaciones tan asimétricas entre Azuaga y Felipe V, en 1734 el monarca tomó la decisión de asignar las rentas de la encomienda de Azuaga y la Granja en beneficio de uno de sus numerosos hijos, el cardenal e infante don Luis Antonio de Borbón y Farnesio, que las disfrutó hasta su muerte en 1785.


II.- El cardenal infante don Luis Antonio de Borbón y la Encomienda
Al contrario que los Austria del XVII, caracterizados por tener pocos y enfermizos descendientes a resulta de tanta endogamia, los Borbón del XVIII fueron extraordinariamente prolíficos, circunstancia gravosa para los sufridos vasallos, forzados a involucrarse en lo que oficialmente se llamaba “alimento de los infantes”, que en realidad se trataba de algo más que del alimento y cuidados de toda naturaleza, pues incluía proporcionarles rentas vitalicias para dotar a sus herederos y futuras casas señoriales de un considerable patrimonio.

El primero de los monarca de la dinastía borbónica en el reino de España, el melancólico Felipe V, tuvo diez hijos: cuatro con María Luisa Gabriela de Saboya, su primera mujer (Luis I y Fernando VI fueron reyes, ambos sin descendencia; los otros dos fallecieron prematuramente) y seis con Isabel de Farnesio (Carlos III, Felipe, Luis Antonio y un cuarto varón que murió al nacer, aparte de cuatro infantas). A todos los supervivientes hubo que mantenerles decentemente y dotarlos de un patrimonio a la altura de su rango, encontrando la casa real la mejor solución en el extraordinario patrimonio de las Órdenes Militares, muchas de cuyas rentas se dedicaron para patrimonializar a los distintos infantes y sus descendientes.

Con el objetivo de rentabilizar al máximo los recursos de las encomiendas, se creó una especie de Superintendencia[9] o Dirección General[10] de las encomiendas, administrada por los más competentes especialistas cortesanos, que pusieron en práctica los cultivos y las técnicas agropecuarias más adelantadas de la época, favoreciendo la creación de diezmos novales y la instalación de fábricas con maquinaria y tecnología de vanguardia.

Particularmente interesa que nos centremos en la figura del cardenal e infante don Luis Antonio de Borbón y Farnesio, nacido en 1727, a quien ya a partir de los seis años de edad se le asignaron las rentas de hasta 35 encomiendas, entre ellas la de Azuaga y la Granja (en 1734), Montemolín  (1741),  Mayor de León (1745), Medina de las Torres (1750), Cabeza del Buey, Casas de Córdoba, Clavería de Alcántara, Clavería de Calatrava, Mayor de Montesa... Aparte, le asignaron las mayores rentas y dignidades dentro del estamento eclesiástico del Reino, representada por los arzobispados de Toledo y de Sevilla. En total, unos beneficios anuales por encima de los 110.000.000 maravedíes limpios[11].

Para el disfrute de esos privilegios y rentas, naturalmente fue imprescindible obtener las bulas papales correspondientes, es decir, la autorización de la máxima autoridad de la Orden en lo espiritual, pues carácter espiritual tenía el diezmo, la renta de más valor en las encomiendas de las Órdenes Militares. La sede papal, reacia al principio, se avino ante las exigencias de Felipe V y las de su mujer, la reina Isabel de Farnesio, concediendo las oportunas bulas y breves a partir de 1734, abriendo así una brecha que institucionalizaba esta modalidad de patrimonialización de las casas señoriales de los distintos y numerosos infantes que vivieron a lo largo del XVIII y del primer tercio del XIX.

Más adelante don Luis Antonio de Borbón y Farnesio, ya muy rico y ante las exigencias del celibato asumido, solicitó y obtuvo autorización papal para renunciar a su condición de eclesiástico, y con ello a los arzobispados de Toledo, Sevilla y sus respectivas rentas, casándose a continuación con una plebeya, la aragonesa María Teresa Vallábriga y Rozas, en un matrimonio que por ser morganático (con una mujer no perteneciente a la nobleza) le apartó de la Corte. Desde entonces se instaló en Arenas de San Pedro y, más adelante, en Boadilla del Monte, una vez que con las extraordinarias rentas recibidas compró para su casa y mayorazgo el señorío de Boadilla y el condado de Chinchón, que incluía los pueblos y términos de Ciempozuelos, San Martín de la Vega, Seseña, Villaconejos, Valdelaguna, Villaviciosa, Sacedón, Moraleja la Mayor, Moraleja de Enmedio y Serranillos.

Don Luis falleció el 7 de agosto de 1785, quedando las rentas de las 35 encomiendas citadas en beneficio del patrimonio real, entre ellas la de Azuaga y la Granja. En 1802 Carlos IV, el monarca de turno, decidió repartir las rentas de estas encomiendas entre dos de sus hijos: los infantes don Carlos María Isidro y don Francisco de Paula. En concreto, la de Azuaga y Granja cayó de la parte de don Carlos María Isidro, quedando numerosas referencias de ello en nuestro Archivo Municipal[12].

Don Carlos María Isidro disfrutó de las rentas de sus encomiendas hasta 1809, cuando los invasores franceses tomaron la determinación de suprimir las Órdenes Militares, asimilando sus pertenencias a Bienes Nacionales.

En 1814, expulsados los franceses del territorio nacional, Fernando VII recuperó para su hermano Carlos María Isidro las rentas de las encomiendas que percibían con anterioridad a la invasión, quedando éste en su posesión hasta que le fueron secuestradas e incluidas en el patrimonio nacional, ante su desacuerdo con Fernando VII, cuando el monarca decidió suprimir la Ley Sálica que impedía la sucesión al trono de su hija Isabel II, en detrimento de los intereses sucesorios del citado don Carlos María Isidro. Este desencuentro dio paso a las guerras carlistas que asolaron el territorio nacional durante una buena parte del XIX.

Durante el tiempo en el que la encomienda de Azuaga y la Granja estuvo administrada por oficiales de la Corte, como en épocas anteriores, la administración de la encomienda corría paralela a la del concejo, sin interferencias, salvo en un asunto de importancia, como era la elección anual del alguacil mayor de Azuaga, responsable de ejecutar las decisiones de los jueces de primera instancia, que corría bajo la responsabilidad, y beneficio, del comendador de turno, o de la persona en quien hubiere delegado.


III.- Título de comendador de Azuaga y la Granja en favor de don Luis Antonio de Borbón y Farnesio[13]

Don Felipe por la gracia de Dios (…) administrador perpetuo de la Orden y Caballería de Santiago por autorización apostólica (…) Por quanto por una mi cédula de once de mayo de este presente año concedí al Infante Don Luis, mi hijo, la encomienda de Azuaga y la Granja, que vacó por muerte del Duque de Beragua, comendador que fue de ella, con las cargas y pensiones que tuviere. Y mediante Breve de su Santidad, su data en Roma, a veinte y tres de Diciembre del año próximo pasado de mil setecientos y treinta y tres, mandé al Presidente del mi Consejo de las Órdenes diesen al dicho Infante don Luis, mi hijo, las Cartas, Provisiones y demás despachos necesarios para que pudiese gozar en Administración los frutos y rentas de la expresada encomienda, en la misma conformidad que si fuese en tercio y Colación, no obstante no tener la hedad que para ello se requería, y sin embargo de traer el hábito del Toyson de Oro y Santispiritus (dignidades incompatibles con las de comendador), según y cómo se previene en el mencionado Breve, que traducido del latín (se incorpora traducida)…

El qual (el Breve citado) visto por los del dicho mi Consejo y lo que en su razón se dijo por el mi Fiscal, fue acordado se despachase al referido Infante don Luis, mi hijo, título de Administrador con goce de frutos de la mencionada encomienda de Azuaga y la Granja, conforme a lo expresado en la dicha Cédula y Breve de su Santidad, y libre de Decenios y Mesadas.

Y lo tuve por bien, y de dar sobre ello ésta mi Carta  por lo qual informándome con dicho Breve y usando de él y del poder que tengo como tal Administrador perpetuo de la referida Orden de Santiago, y en la vía y forma que más convenga a la concesión, firmeza y execución de esta gracia, y en caso necesario aprobándola y confirmándola, de nuevo hago merced al referido infante don Luis, mi hijo, de la dicha encomienda de Azuaga y la Granja desde el día que haga la descripción (de edificios, predios y rentas de la misma) que es obligado, tomando la posesión de ella.

Y le doy licencia y facultad para que por el tiempo que la administra pueda disponer de sus frutos y rentas en la forma y manera que le pareciere y por bien tuviere.

Y también le doy poder para que pueda tomar y aprehender la posesión Real Corporal de la dicha encomienda, y de todos sus miembros anejos y pertenencias.

Y mando a los Concejos, Justicias y Regimiento, caballeros, escuderos, oficiales, y hombres buenos de qualesquier pueblos donde la dicha Encomienda tiene o tuviere  sus rentas, Diezmos, primicias, frutos y otras cosas a ella pertenecientes, y a los Administradores, fieles Coxedores, terceros de granos, y otras personas que fueren obligadas a dar y pagar, coxer y recaudar en cualquier manera los frutos rentas y demás efectos de la mencionada Encomienda,  acudan con todo ello a dicho Infante don Luis, mi hijo, o a quien tuviese su poder bastante, desde el día que como dicho es, haga la descripción y tomare la posesión de ella por todo el tiempo que la gozare.

Y le guarden y hagan guardar todas las honras, gracias, mercedes, franquicias, libertades exenciones, prerrogativas e inmunidades, y todas las otras cosas que deviese aver y gozar, sin que le falte cosa alguna, pena de  mi merced y de Diez mil maravedíes para mi Cámara a cada uno que lo contrario hiciere.

Y por quanto según Bula Apostólica y Establecimientos de la dicha Orden, Resoluciones mía y de los Señores Reyes, mis predecesores, a consulta de dicho mi Consejo de las Órdenes, la mitad de los frutos y rentas de las Encomiendas de la misma Orden de los dos primeros años siguientes  al día en que tomare posesión las personas a quien se le hiciese ha de ser para la media annata merced de ellas, para que se gasten y conviertan en sus obras, reparos y mejoramientos porque asta dicho día han tocado y tocan sus frutos enteramente al tesoro por derecho de vacante, mando al dicho Infante don Luis, mi hijo, no se entrometa por sí, ni por interpósita persona,  a tomar, ocupar ni recaudar cosa alguna de lo perteneciente a la media annata de la dicha Encomienda causada por fallecimiento del dicho Duque de Beragua, ni ha impedir la cobranza y recaudación de ella, sopena que sea obligado a restituir y pagar lo que así tomare, ocupare y recaudare, con el quarto tanto para obras pías.

Y porque a causa de aver avido mucho descuido en algunos Comendadores en hacer, gastar y convertir el Dinero procedidos de las dichas medias annatas an recibido las obras y reparos de las dicha encomiendas notable daño, y queriendo probeher de remedio conveniente se hizo un Auto con acuerdo del Capítulo General en que se mandó que los Comendadores que fuesen proveídos en Encomienda, o sus Mayordomos en su nombre, sean obligados dentro de un año contado desde el día de la posesión que se les diese de sus Encomiendas a tratar y conferir con la persona que fuesen nombradas por Behedor de las obras de las dichas encomiendas, en qué obras y mejoramiento de ellas era necesario y conveniente se gastase lo procedido de las dichas media annatas e hiciesen relación de ello, firmada de sus nombres y la remitiesen al Capítulo General, habiéndole, y si no al mi Consejo de las Órdenes para que previesen las dichas obras y mejoramientos que por dicha razón pareciese ser conveniente, y si no hiciesen pasado el dicho término, el referido Capítulo General o Consejo mandase al dicho Behedor que sin tomar parecer ni acuerdo de los dichos comendadores hiciesen relación de las dichas obras y que conforme a lo que por ello pareciese se gastasen las dichas medias annatas en lo que viesen que más convenía, mando al dicho Infante don Luis, mi hijo, guarde y cumpla el dicho Auto Capitular, y que pague así mismo todas las cargas y pensiones que estuviesen repartidas o se repartieren a la dicha Encomienda, conforme a qualesquier órdenes generales o particulares que estuviesen dadas, o se diesen sobre ello.

Y por quanto conforme a otro Breve Apostólico las rentas de todas las vacantes de las Encomiendas de la dicha Orden están aplicadas al tesoro de ella demás de la media annata antigua que deben pagar conforme a lo que ba referido, mando al dicho Infante no se entrometa en la cobranza de lo caído y que caiere de la renta de la dicha Encomienda desde el día de su vacante hasta el en que por su parte se hiciese la descripción y tomare posesión de ella como va dicho, que es desde quando a de empezar a gozar de sus frutos y rentas , y no antes por pertenecer al dicho tesoro todo lo respectivo a la dicha vacante, devaxo de la misma pena si contraviniere en algún modo.

Y así mismo mando al dicho Infante que antes de tomar la posesión de la dicha Encomienda haga la descripción particular de ella o lugares de la  misma encomienda y escribano conocido por ante la justicia ordinaria y cura de la villa, con expresión de todo lo que tuviere, así de encasamiento como en lo fuerte, poniendo distintamente el estado de los edificios, Casas, heredades, granjerías, rentas y demás miembros de la dicha encomienda, para que claramente conste de lo que tiene y pertenece, y de lo que está bien o mal parado, y de lo que a menester reparo y reforma, que todo tiene al tiempo que se le entrega de manera que quando la deje se sepa los daños o mejoras que en su tiempo se an hecho; y a continuación de la dicha descripción, la haga también del estado de las fábricas de las Iglesias Parroquiales de los Lugares donde perciviere Diezmos la dicha Encomienda, y de todos sus hornamentos con toda distinción y claridad; y de las dichas descripciones hagan sacar tres traslados, el uno para que se lleve al Archivo de Uclés, otro para que se quede en su poder y el otro para el contador principal de las dichas media annatas.

Y por quanto se ha reconocido que muchos Comendadores cuidando sólo de cobrar las rentas de su encomiendas descuidan en recoger los títulos y papeles pertenecientes a los miembros de ellas, de que resulta que unos derechos se pierden y otros se hacen litigiosos y en muchos se introducen las Villas ocasionándose esto de que los herederos de los comendadores  o sus Mayordomos se quedan con los instrumentos y se pierden, y porque de ello reciviesen las Órdenes y sus Encomiendas gravísimos perjuicios que necesitan pronto y eficaz remedio: Mando asimismo a vos el dicho Infante don Luis, mi hijo, que al tiempo que hagáis la descripción  de las rentas y derechos pertenecientes a la  misma encomienda como va expresado, y se dice, pidáis a los herederos del comendador vuestro antecesor todos los instrumentos pertenecientes a dicha Encomienda, sus miembros y derechos de qualquier calidad que sean, y los percibáis por inventario, dando recibo, y el tal inventario se ha de incluir en la referida descripción para que conste siempre a vuestro sucesor, o por el traslado que se a de poner en la Contaduría, o por el que se debe enviar al Archivo del Convento de Uclés, entendiéndose que esto tiene el mismo vigor y ha de tener la propia práctica que la descripción como parte y perfección precisa de ella, pues poco importa que se describan los miembros de dicha Encomienda si no se recogen y conservan sus títulos; y en caso de que al tiempo que hagáis la referida descripción no halléis los expresados instrumentos, seáis obligado a hacer diligencias para cobrarlos de los herederos del comendador vuestro antecesor u otra qualquier persona en cuyo poder estuvieren, expresando estas diligencias en dicha descripción en lugar del Inventario; y daréis quenta al dicho mi Consejo para que mande lo que se deba ejecutar.

Y que dentro de un mes de como el dicho Infante, mi hijo, tomase la posesión, envie testimonio de ello al dicho mi Consejo de las Órdenes. Y mando que de esta mi Carta se tome razón por los contadores de la media annata y vacantes de las encomiendas de la dicha Orden de Santiago, y que todo lo aquí contenido  guarde, cumpla y execute, no obstante lo dispuesto por los Capítulos Generales y definitorio que de las misma Orden, y de las de Calatrava y Alcántara  se celebraron el año pasado de mil seiscientos y cincuenta y tres, y de otra qualquier cosa que haia, o pueda haver en contrario, en lo qual por esta vez dispenso quedando en su fuerza y vigor para lo demás de adelante.

Y declaro que de este despacho no se debe el derecho de la media annata ni el de la mesada, dada en San Ildefonso, a dos de junio de mil setecientos y treinta y cuatro años. Yo el Rey…

Fuentes y bibliografía: las incluidas en las notas que siguen


[1] El jornal de la época rondaba los 40 maravedíes, trabajando de sol saliente a sol poniente.
[2] A. M. Guadalcanal, Sec. AA.CC., leg. 4, lib. de 1702.
[3] Más de cincuenta azuagueños permanecieron enrolados en el ejército durante estos años de guerra.
[4] El anterior infante de los reinos de España nacido sano  fue don Baltasar Carlos, que vio la luz en Madrid, el 17 de septiembre de 1620. Era el hijo primogénito de Felipe IV y de Isabel de Francia, y, como tal, príncipe de Asturias y heredero de todos sus reinos, aunque murió prematuramente el 7 de marzo de 1632. El siguiente fue este Carlos II, discapacitado para las responsabilidades que debía haber asumido. Murió sin descendencia, sucediéndole Felipe V, según venimos relatando.
[5] AMAz, Sec. AA.CC., leg. 17, lib. de 1707, fotograma 164 y ss. de la edición digital de la Diputación Provincial.
[6] AMLL, Sec. AA.CC., lib. de 1730, fot. 54, 59, 66, 69, 86 y 99.
[7] AMAz, Sec. AA.CC., lib. de 1730, sesión del 14 de junio, fot. 24 y ss. de la edición digital.
[8] AMG, leg. 4, lib. de 1730.
[9] VALOR BRAVO, D. Los Infantes-comendadores. Modelo de gestión del patrimonio de las Órdenes Militares, Madrid, 2013.
[10] GIJÓN GRANADOS J. A. La Casa de Borbón y las Órdenes Militares durante el siglo XVIII (1700- 1809),  Madrid, 2009.
[11] En 1753, la encomienda de Azuaga rentaba unos 2.380.000 maravedíes anuales (70 mil reales de vellón). MALDONADO FERNÁNDEZ, M. “La Encomienda santiaguista de Azuaga y Granja. notas para su estudio”, en Revista de Feria y Fiestas, Azuaga, 2013.
[12] Por ejemplo en su Sección AA. CC., lib. de 1804, fotograma 229 y ss., cuando el duque de la Roca, como administrador de los intereses del infante don Carlos María, se dirigió al Alcalde Mayor de Azuaga y a sus oficiales concejiles comunicándole la elección del nuevo alguacil mayor en los siguientes términos:  Por quanto por real Decreto expedido por el Rey Ntro. Sr. (que Dios guarde), en diez y ocho de abril de mil ochocientos dos  y el Real Consejo de las Ordenes tuvo a bien S. M. conceder al serenísimo Señor Infante don Carlos María, su amado hijo, varias encomiendas de las que se administraban a su Real disposición. Y por otro Decreto expedido al mismo Consejo en veinte y ocho del referido mes y año se sirvió S. M resolver entre otras cosas que yo, como ayo de su alteza gobierne y administre las expresadas encomiendas, en su consecuencia, tocando y perteneciendo a S. A. como comendador de la encomienda de Azuaga en la Oden de Santiago, y a mí en su Real nombre y representación, el derecho de nombrar alguacil mayor (…) nombro por este real título a vos, Pedro López, morador en la calle de Juan Ortiz, para el empleo de Alguacil Mayor…
[13] AHN, OO.MM-Consejo-Santiago, leg. 4489 (1), nº 5.

lunes, 9 de mayo de 2016

LOS DÓLMENES DE AZUAGA Y LA CARDENCHOSA (2ª parte)


                                                            Luis Siret, arqueólogo

Antes que el arqueólogo don José Ramón Mélida se interesara por los dólmenes de Azuaga y la Cardenchosa (véase la 1ª parte de este artículo), estas construcciones megalíticas fueron exploradas y excavadas por un extraordinario arqueólogo de origen belga asentado en el sudeste peninsular, localizando y llevándose una serie de piezas de cerámica y ciertos utensilios propios de su tiempo. Nos referimos a Luis Siret.

De la WIKIPEIA, con nuestro reconocimiento a tan importante portal, hemos recogido la bibliografía de este personaje:
Luis Siret y Cels (Sint-Niklaas-Waas, Flandes, Bélgica, 26 de agosto de 1860 – Las Herrerías, Almería, España, 7 de junio de 1934), fue arqueólogo e ilustrador. Con 21 años y su diploma de ingeniero de minas en mano (sale primero de su promoción), se traslada a Cuevas del Almanzora (Almería) para reunirse con su hermano Enrique, también ingeniero de minas, que ya trabaja en las explotaciones de galena argentífera de Sierra Almagrera desde hace más de dos años.

Durante cincuenta años, con la ayuda de su hermano los seis primeros años y de su excavador, Pedro Flores, Siret investiga yacimientos paleolíticos, neolíticos, calcolíticos y del bronce en distintos asentamientos, como Campos, Tres Cabezos, Fuente Álamo, Fuente Bermeja, Lugarico Viejo, Gatas, El Oficio, Cuartillas, Fonelas, Zájara, Ifre, Parazuelos, Zapata, La Pernera, Mojácar, Almizaraque, Palacés, El Argar, La Gerundia, El Gárcel, Los Millares, así como en varias cuevas (cueva Perneras, cueva de los Toyos, etc.)  en Villaricos (un yacimiento de la época de las colonizaciones púnicas y romanas con numerosas tumbas) y, AÑADIMOS, TAMBIEN EN AZUAGA Y LA CARDENCHOSA.

Volviendo a la WIKIPEDIA, Enrique y Luis Siret publican el resultado de sus primeras excavaciones en 1887 en Amberes bajo el título Les premiers âges du métal dans le Sud-Est de l'Espagne, en dos volúmenes, uno de texto y otro de láminas in folio, en las que Luis Siret ha dibujado con gran habilidad unos ocho mil objetos y los planos y vistas de los yacimientos excavados. Ese mismo año la obra recibe el premio Martorell, una medalla de oro en la exposición universal de Toulouse y al año siguiente otra medalla de oro en la de Barcelona. En 1890 ve la luz en Barcelona una versión en castellano: Las primeras edades del metal en el Sudeste de España. Estos hallazgos inauditos representaron un gran paso en el estudio de la prehistoria del sureste de la Península Ibérica. Después del regreso definitivo de Enrique a Bélgica, en 1886, Luis Siret prosiguió sus excavaciones en solitario con su capataz Pedro Flores durante el resto de su vida, afición que compartía con la dirección de la Sociedad Minera de Almagrera que fundó en 1900. Han servido de base para el estudio de la secuencia prehistórica comprendida desde el Paleolítico hasta la Edad del hierro. Unas muestras fueron expuestas en la Exposition universelle de Paris de 1889 y en la Exposición Internacional de Barcelona de 1929 (allí se expusieron las muestras azuagueñas que acompañan a este artículo) y la espléndida colección Siret se expone actualmente en el Museo de Almería, en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid y en importantes colecciones en otros museos del mundo (Bruselas, Londres, Berlín, etc.).

He aquí algunas de las piezas azuagueñas expuestas en la Exposición Internacional de Barcelona de 1929:


 
 


 





jueves, 31 de marzo de 2016

LOS DÓLMENES DE AZUAGA Y LA CARDENCHOSA (1ª parte)



        

         En la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, edición noviembre-diciembre de 1913 (nº 11 y 12), aparece un artículo sobre  la “Arquitectura Dolménica Íbera”, que se centra en los dólmenes de la provincia de Badajoz, entre ellos los de Azuaga y la Cardenchosa. Textualmente dice:
En término de la Cardenchosa de Azuaga, aldea situada en el confín Sureste de la provincia de Badajoz con la de Córdoba, buscaba yo con afán el grupo de dólmenes existentes, según el Sr. Machado, «en la divisoria de Andalucía y Extremadura», cuando el ilustrado Sr. Cura párroco de la Cardenchosa, D. Juan Guerrero Rangel, me puso en la pista de los ejemplares, que con él, con D. Juan Maesso y otras personas de la Granja de Torrehermosa, en quienes se despertó el deseo de conocerlos, visité últimamente, encontrándolos destruidos. Son los siguientes:
- Dolmen del Conde Galeote. Se halla a 160 metros al norte de la Cardenchosa. Está destruido y no conserva más que cinco piedras: cuatro erguidas, una a un lado y tres, una de ellas rota, alineadas al otro, que es paralelo al primero; y la quinta piedra, que es la más larga, se mantiene apoyada por un extremo sobre la de en medio de las tres alineadas, teniendo el otro apoyado en la tierra por falta de la piedra erguida que sirvió de soporte. Fácilmente se comprenderá que todo esto corresponde a la galería del dolmen. La cámara fue destruida en absoluto, no quedando ni aun indicio del extremo de la galería en que estuvo. Esparcidos por el suelo hay muchos cantos del montículo que cubrió al dolmen. La longitud apreciable del dicho trozo de galería es de 3,96 m. y su anchura, de 1,77; la de las piedras de un lado son de 1.30 y 1.25 las dos piedras enteras, y 1.48 la partida. La única piedra del otro lado mide 1.15. Si, como en otros ejemplares, estuvo en éste la cámara al Noroeste, podrá pensarse que una piedra que se ve caída al Sudeste, delante de la entrada de la galería, puede ser la que sirvió para tapar la puerta.
- Dolmen destruido, situado a unos pocos metros al Oeste del anterior. Como en éste, lo que se ve es un resto de galería, con una piedra de dintel, de 2.35 por 1.12 m., todavía apoyada sobre otra de soporte, que mide 1.81 de longitud, 1.43 de anchura y 0.28 de espesor. Otra piedra hay caída de 1.70 m. de longitud y 0.40 de espesor. Las demás están hincadas, pero rotas, por haberse llevado de ellas los mejores pedazos. Cantos del montículo se ven esparcidos. La longitud apreciable de estas ruinas es de nueve metros.
- Dolmen de Manchones. Situado a kilómetro y medio al sudeste de la Cardenchosa. Pocas piedras quedan, y las más rotas; pero se aprecia entre un resto del montículo la disposición del monumento sepulcral, con su cámara poligonal de 2.44 m. de diámetro y su galería de siete de longitud. En la cámara del lado derecho permanecen dos piedras juntas de 0.38 y 0.77 de anchura, respectivamente, y al lado opuesto otra de 0.58. Este dolmen corresponde al tipo cupuliforme, pues sus piedras verticales necesitaron el complemento del aparejo anillado para cerrar la abertura circular.
 


- Dolmen de la dehesa El Toril. Se halla a dos kilómetros al Oeste. Está destruido y sus piedras son aún mayores que las del Galeote.
Muchas piedras de estos dólmenes se ven aprovechadas como elementos de construcción en edificaciones rústicas de la Cardenchosa. El dolmen de El Toril, no es más que un resto de galería cuya longitud apreciable es de 6.75 m. y la anchura 1.50.  La cámara estuvo al Este, y al Oeste la puerta de la galería donde está la piedra que la cubría, cuya longitud es de 2.17 m., y el espesor de 0.37. Cuatro piedras permanecen del lado Norte de la galería de 0.89, 0.90 y 0.38 de anchura, y otra piedra en el lado opuesto.
El autor del texto y, supongo, de las fotografía, fue don José Ramón Mélida. Según Daniel Casado Rigalt (José Ramón Mélida y la Arqueología Española, Madrid, 2006), don José Ramón fue Anticuario de la Real Academia de la Historia, pero que, sin discusión, es una de las mayores figuras de la Arqueología Española de todos los tiempos, a pesar de sus limitaciones y carencias. Como con acierto observa el autor, perteneció a las instituciones de más relevancia social y cultural de su época, como el Museo Arqueológico Nacional, la Universidad Central, la Real Academia de la Historia, el Ateneo de Madrid o la Institución Libre de Enseñanza, además de dirigir durante muchos años las excavaciones de Numancia y Mérida y de ser, sin lugar a dudas, el arqueólogo de su generación más reconocido fuera de España a nivel internacional.
 



 

 

viernes, 26 de febrero de 2016

GRANJA EN 1928

     


      De la prensa de la época hemos recogido algunas crónicas y fotografías relevantes, como las que siguen.
      En primer lugar, en el Correo de Extremeño, en una edición de finales de mayo aparecen noticias sobre la fiesta de la Cruz Roja, celebrada con una representación teatral destinada para recoger fondos. Le acompañan dos fotografías de la época: la primera nos muestra el hotel; en la segunda aparecen un grupo de exploradores locales, es decir, los boys scouts actuales.
 
 
 
 
      La siguiente crónica, ésta aparecida en la edición del 10 de septiembre del Correo de la Mañana, da cuenta del interesante y variado programa de feria:
 
 
 
      La tercera forma parte de la propaganda oficial de la dictadura de Primo de Rivera, en horas bajas ya por aquellas fechas. Corresponde a una edición especial del Correo Extremeño correspondiente al 13 de septiembre, conmemorando el golpe de estado del general Primo de Rivera, que tuvo lugar el 13 de septiembre de 1923:
 
 
 
 
 
      La última (Correo Extremeño del 2 de noviembre) corresponde a la reinauguración del hotel Grueso, mostrando en dos instantáneas parte de sus nuevas instalaciones:
 
 
 
 
 
 

domingo, 14 de febrero de 2016

AZUAGA EN 1913


 
En el periódico El Liberal[1], en su edición de 28 de agosto de 1913 y en la sección Vida en Provincias, un desconocido cronista (firmó su crónica, pero resulta ilegible) nos dejó una impronta sobre Azuaga que, para asimilarla, es preciso contextualizarla, es decir, conocer y asumir la realidad social y económica de nuestra villa en aquellas fechas, y en las que precedieron.

 Simpatiza el cronista con el liberalismo republicano y progresista defendido en el programa del Partido Reformista (PR) que encabezaba Melquiades Álvarez, desacreditando el caciquismo que, en opinión de los representantes regionales (los granjeños Gallardo Calzadilla y Llera Eraso), había campado por sus anchas en Azuaga durante los últimos treinta años. Pues bien, la crónica a la que nos referimos decía así:

“Si el cronista tuviese necesidad de describir en todos sus detalles los encantos que atesora esta población, necesitaría mucho espacio, y aun así seguramente se escaparían a su perspicacia algunos datos de los que convencen en el ánimo del lector.

Es Azuaga una notable ciudad modernizada por completo, con magníficos edificios, calles amplias, rectas y provistas de esmerada urbanización en su pavimento. Pero, si superior es la población y sugestivo el carácter alegre, festero y cariñoso de sus habitantes, resulta pálido ante la belleza inexplicable del elemento femenino, cuyas facciones verdaderamente árabes, su esbeltez sólo comparable a la palmera y sus ojos rasgados y negros como la noche, constituyen un plantel delicadísimo de lozanas flores, que con su aroma y su arrogancia cautivan al visitante.

Identificado por completo con los encantos de las mujeres se halla ese ambiente balsámico de aires de libertad que se respira en las calles, que en elegantes y visibles rótulos ostentan los nombres de Joaquín Costa, López de Ayala, Pi y Margall, Concepción Arenal, Canalejas, Echegaray, Blasco Ibáñez, Ramón y Cajal, Castelar, Daoiz y Velarde, etc., etc., que por acuerdo del actual Ayuntamiento han venido a sustituir a nombres anodinos y de absoluta carencia de significación, por los de personajes ilustres que se han destacado notoriamente en las artes, las armas, las ciencias, la política, etc., etc. Esta transformación ha sido recibida con general aplauso por la opinión liberal y democrática, que es el nervio de la población, frente a las inútiles apreciaciones de la insignificante tertulia del derrotado y anulado caciquismo, muerto para siempre.

Y ya que del caciquismo hablo, justo será rendir un tributo de admiración a una distinguida pléyade de jóvenes entusiastas, que gracias a sus esfuerzos y a la enérgica dirección del ilustrado abogado y jefe del partido liberal democrático, don Manuel Carrascal, lograron aniquilar por completo ese odioso germen malsano que durante veinte o treinta años vino imperando y condujo al Ayuntamiento a una desastrosa situación económica, hasta el punto de llegarse a adeudar a la Hacienda en fines del ejercicio de 1911 la enorme suma de 600.000 pesetas, y a la Diputación provincial unos 35.000 duros.

Frente a este padrón de ignominia se eleva arrogante y potente el actual Ayuntamiento honrado y digno que preside el joven propietario D. Juan Carrascal y Montero de Espinosa, y secretario don Manuel Guillen Fernández, persona ilustradísima y de envidiable competencia, encargados de regenerar el Municipio por medio de una administración verdaderamente sana y decorosa”.


“Verdad es que cuando se quiere cumplir con equidad no faltan obstáculos, pero todos se vencen aun cuando se trate de la Administración de Propiedades e Impuestos, encargada por lo visto de crear inconvenientes, resolviendo de una plumada 128 reclamaciones interpuestas por otros tantos contribuyentes, acudiendo a la inmediata mayoría de ellos y mermando por consecuencia los ingresos municipales en unas 30.000 pesetas.

Claro está que semejantes resoluciones no tienen razón de ser, y son tan injustificadas que un solo ejemplo (de los muchos que pueden presentarse) es suficiente para demostrar una parcialidad seguramente sistemática, y que acaso obedezca a algún fin primordial. Entre los expedientes resueltos figura el de una «pobrecita señora» cuyo capital corresponde a la friolera de 20 pares de mulas de labor, a la cual aplicó el Ayuntamiento modestamente la ínfima cuota legal en el reparto de 3.000 pesetas al año, y la citada Administración, sin comprobación de ninguna clase y nada más que por que sí o «por lo que sea» la ha rebajado a la vergonzosa cuota dé i800 pesetas!

Me parece que mayor equidad y justicia no cabe, y ante semejantes anomalías se ha visto precisado el Municipio a interponer el correspondiente recurso de alzada ante la Delegación de Hacienda de Badajoz, que por cierto (y esto tiene mucha gracia) hace cuatro meses que está regida interinamente. ¡Así anda el negocio en España!

Aparte de esta inocente presión, se da el caso laudable (y tome nota de ello la Delegación) de que el Ayuntamiento de Azuaga ha saldado en el presente año todas sus atenciones por Consumos y contingente provincial, no adeudando por consecuencia un solo céntimo de todas sus obligaciones ¿ Estamos?

Pues aún hay más, y es que el Ayuntamiento actual se propone demostrar al jefe caciquil derrotado él cómo se emplean los cuartos en lugar de adquirir deudas, y a este efecto se propone la construcción de un matadero y un cementerio, cuyos planos y estudios están ya hechos, consignándose a este fin un presupuestos de 65.281,71 pesetas y 46.698, respectivamente.

A estas notables mejoras seguirá la construcción de una plaza de abastos (hoy en estudio), así como la traída de aguas, a cuyo efecto hay entabladas gestiones con una respetable empresa particular. Debido a la perseverancia del alcalde, Sr. Carrascal, se ha logrado también llevar a la práctica las disposiciones dictadas por el Gobierno referentes a la protección de la infancia y extinción de la mendicidad, con tan buen éxito que no se ve un solo pobre por las calles, toda vez que existe a cargo de las Hermanas de los Pobres cocinas y comedores, donde se les proporciona alimentación sana y abundante. Este servicio se sostiene por subvención de 500 pesetas del Municipio y suscripción voluntaria entre el vecindario.

Y como toda Extremadura está muy mal de carreteras, Azuaga no había de ser menos, pues tan sólo cuenta con la que une la estación con la ciudad, que por cierto es del Ayuntamiento, para que no tenga que agradecer nada.

Parece ser que en Febrero se elevó por el Municipio una exposición al ministro de Fomento solicitando la inclusión en el plan de 7.000 kilómetros, la de tercer orden de Llerena a una de las Estaciones de Belmez á Peñarroya, pasando por Ahillones, Berlanga, Azuaga y Granja de Torrehermosa, por la conveniencia de poder dar salida a los grandes productos agrícolas de tan riquísima comarca. Que la concesión es de verdadera necesidad y utilidad no cabe duda, y aunque desdé luego el ministro ha de resolver en justicia, no estaría de más que el diputado del distrito se interesase siquiera un poquito de asunto tan culminante.

Con Ayuntamientos activos y decididos como el de Azuaga, periódicos como La Verdad[2], que se publica en la localidad y dirige D. Ramón Cuenca[3] con valentía y juez como D. Antonio Robledo, abogado distinguido y enérgico, se va a todas partes, se tiene en constante misa de entierro al caciquismo y sé camina rápidamente al progreso”.

 

Presentada la villa, se centra ahora el cronista en elogiar la persona de don Fernando Llera Eraso, un empresario y terrateniente de origen cordobés asentado entre Azuaga y la Granja, en cuyos términos poseía una finca de más de 4.000 hectáreas.


“Entre las diversas personas que hemos tenido el gusto de saludar en Azuaga se encuentra D. Femando Llera Eraso,  cuyo sincero carácter y agradable trato muy pronto le hizo acreedor a nuestra simpatía. La complejidad de este hombre en sus notas características de jurisconsulto, agricultor, sociólogo, publicista y político, exigen al cronista se ocupe, aunque en términos reducidos, de esos diversos matices que pronto le dan a conocer a sus interlocutores.

Como agricultor, el Sr. Llera ha sido el porta-estandarte del progreso agrícola, no sólo de la región extremeña, sino de la andaluza, donde fue el primero que aplicó en los secanos los abonos químicos y la maquinaria agrícola moderna, y como prueba de esto podemos decir que su hermosa finca de 4.000 hectáreas, titulada «Las Naveruelas», en término dé Azuaga y de la Granja de Torrehermosa, que la adquirió en estado de matorral, la ha roturado y puesto en cultivo por medio de un tren de arar al vapor, compuesto de una maquina tractora de 80 caballos y un enorme arado cuatrisurco de 4.000 kilos que rotura y descuaja, a cincuenta centímetros de profundidad, una zona de dos metros de ancha y una superficie al día de tres hectáreas.

Ha plantado doscientas fanegas de viña americana en dicha finca, donde cosecha los vinos más exquisitos de la región y unos sesenta mil eucaliptus.

Con motivo de estas mejoras introducidas en su finca (donde ha gastado algunos millones de reales) se lamenta con fundamento el Sr. Llera de que no haya en España alguna ley que le exima del inmediato aumento de la contribución territorial para incoar un expediente de exención por los terrenos roturados, ya que esto significa una mejora tan importante para el aumento de la riqueza tributaria, como la plantación de vides y árboles que disfrutan de esas leyes protectoras.

Como agricultor, además, se ha distinguido el Sr Llera, siendo congresista en los de Huelva, Granada y Jaén, donde desarrolló con gran lucidez los temas Los cereales y las leguminosas, El latifundio y la crisis agraria y El problema de la sequía, mereciendo por estos trabajos justos aplausos de la Prensa y calurosas felicitaciones del Sindicato Agrícola de Requena y de otras Cámaras profesionales.

 

 
Su libro El latifundio ha sido citado como autoridad en la materia por el señor Azcárate en uno de sus discursos pronunciados en León, y se halla también citado en una nota del libro de Economía política, de Torrents y Monner, declarado de texto de real orden.


Además de estos trabajos, como publicista y sociólogo es autor de otro libro titulado El agravio del Catastro, donde pone de relieve los defectos de la legislación catastral y los abusos cometidos por los funcionarios del ramo en las provincias de Córdoba y Jaén, donde todavía hay propietarios que, por haberse dejado pasar el plazo para reclamar contra la evaluación de la riqueza imponible de sus fincas, están pagando de cuota territorial el 40 y el 50 por 100 del total de las mismas. Este libro del Sr. Llera, del que repartió gratuitamente 1.000 ejemplares a la puerta del Congreso Internacional de Agricultores celebrado en Madrid en Mayo da 1910, produjo gran sensación en dicha Asamblea, y fue aplaudida por muchas Revistas profesionales, y en particular por El Consultor de los Ayuntamientos y Juzgados Municipales, en su número del 13 de Junio de aquel año. Como escritor agrícola, la firma del señor Llera es una de la más autorizadas de España en materia de agronomía, como lo ha demostrado en sus grandes campañas de El Progreso Agrícola y Pecuario, libertando al cultivo de secano de las utopías del sistema Solari, enseñando a los grandes agricultores las ventajas e inconvenientes del método de arar al vapor, según la clase de terrenos a que se aplique.

Y, últimamente, como político se propone regenerar el distrito de Llerena de la atónica oligarquía que viene padeciendo hace veinte años, entregado por completo a la voluntad de dos hombres (conservador y liberal) en estrecha inteligencia, sin que hayan conseguido en todo ese tiempo ninguna mejora material ni de satisfacción moral de sus habitantes, puesto que sólo se han cuidado de que, tanto en situación conservadora como liberal, fuese uno u otro el diputado elegido, y de que manden siempre en los pueblos sus paniaguados, que vienen monopolizando el poder en perjuicio de la libertad y de la moral pública.


El Sr. Llera, filiado al reformismo, del que es jefe en dicho distrito, pretende, con el aplauso general de los espíritus progresivos, de los intelectuales y de la masa neutra del mismo, romper ese contubernio, reivindicando para el pueblo la soberanía detentada por los caciques. Con las excepcionales condiciones del Sr. Llera, y lo necesitada que está la región de hombres de la intelectualidad, energías y nobleza como el que nos ocupa, es seguro predecir su triunfo, aunque las huestes caciquiles se aprestasen inútilmente a combatirlo”.

 
        Por último, tampoco ahorra elogios el cronista resaltando el buen hacer de algunos de los industriales locales:

“Dos negocios importantes abarca la razón social Plácido Alejandre y Hermano, una de las primeras firmas de la plaza, cuyas actividades dedican a la banca, en la que, además de las operaciones consiguientes de giros, descuentos, negociaciones, cartas de crédito, depósitos, etc., son corresponsales de los principales Bancos y banqueros de toda la Península y parte del extranjero.

El otro negocio se refiere a su magnífica fábrica de harinas, primera, acaso, en España que reúna las excepcionales condiciones para el aseo como la de que nos ocupamos; y digo esto porque es lo corriente en todas ellas que él pavimento de las dependencias sea de madera, en ésta, por el contrario, y en sus diferentes pisos, es enlosado, con baldosines de portland, tan perfectamente cuidados que el brillo que se observa acusa una limpieza y un esmero incomparable.

Recorriendo las diferentes dependencias nos llamó también la atención la esbeltez y amplitud de todas las secciones, la organización establecida en las dependencias y el uniforme funcionamiento de los aparatos, en los que todas las transmisiones están perfectamente protegidas al efecto de evitar accidentes al personal.

El sistema empleado es el de cilindros, de la casa Bhuler Hermanos, de cuyo magnífico salón damos idea con la fotografía que ilustra estas columnas, los que movidos por potente motor a gas pobre desarrollan una producción diaria de 18.000 kilos en harinas selectas y muy estimadas en toda la Península, y muy preferentemente en Madrid, Sevilla, Barcelona y Cádiz, a cuyas plazas se aportan sin interrupción.

Tratándose de una instalación tan completa es de suponer que cuente con los aparatos secundarios, como tolvas, cedazos, limpia, etc., etc., que son indispensables, y que se hallan instalados con verdadero lujo e independencia en locales amplios y perfectamente dispuestos para el funcionamiento y comunicación directa con los cilindros.

Al frente de la misma, y en concepto de apoderado y jefe de las oficinas, figura D. Cosme García, persona inteligentísima y de excepcionales aptitudes, y como cajero D. Plácido Duran, ilustrado y competente funcionario, pariente de los propietarios

Una ramificación de las harinas es la fabricación de pan, a cuyo efecto cuentan los Sres. Alejandre y Hermano con una espléndida panificadora, compuesta de ocho hornos, maquinaria de amasadoras, preparadoras, vagonetas de transporte, etc., etc., movidas a gas pobre, en la que se elaboran 8.000 kilos diarios para el abastecimiento de la población a precios reducidos, no obstante su excelente calidad.

El incremento adquirido por esta casa en el negocio de harinas ha sido motivo de tener que montar otra nueva fábrica, idéntica a la anterior, en el pueblo del Pedroso, así como su correspondiente panificadora, al efecto de poder servir a las poblaciones limítrofes. También cuentan con grandes depósitos de harinas y almacenes de cereales en Sevilla, Cazalla y Constantina para él abastecimiento de aquellas regiones.

La Magdalena, se denomina la otra espléndida y  elegante fábrica de harinas, fundada el año de 1900 por don Francisco Alejandre Robledo y hoy propiedad de don Enrique Hernández Muñoz, industrial inteligentísimo y de una actividad pasmosa.

Como la característica de Azuaga es la limpieza, la fábrica del Sr. Hernández brilla también a tal altura, que no tiene por qué envidiar a la primera eh en clase. El funcionamiento de la casa se hace por el sistema mixto de piedras y cilindros de los más perfeccionados, movidos por un motor de 50 caballos, sistema Crosley, acusando una producción mínima de 12.000 kilos diarios. La gran reputación de esta fábrica estriba precisamente en la selecta calidad de sus harinas, como lo justifica la predilección que el público la dispensa, no solamente en esta localidad, sino en todos los limítrofes y en las provincias andaluzas, donde cuenta con fija clientela.

La panificadora que posee el Sr. Hernández es de las que llaman la atención por el lujo de aparatos mecánicos que posee y el esmero de la fabricación, pudiendo asegurarse que es una de las mejores que existen en estos contornos, como lo atestigua la fama de que goza, perfectamente demostrado con el agotamiento de su importante elaboración diaria. Digno de elogio es este fabricante, que a su inteligencia y esfuerzos naturales ha conseguido una sólida reputación”.

 

Hasta aquí la amable crónica del Liberal, periódico cuya línea ideológica se identificaba con  liberalismo republicano y progresista, con clara animadversión hacia el caciquismo. Pero ¿a qué caciques azuagueños se refería? Seguramente  a aquellos que desde el Ayuntamiento manejaron en 1888 el pueblo a su antojo y conveniencia, bloqueando la celebración de los plenos con la clara intención de ocultar ciertas prácticas administrativas ilegales, como la extraordinaria deuda concejil. Sobre este particular, aparte de airados debates en el hemiciclo de las Cortes, precisamente en el diario El Liberal, en su edición del 13 de mayo de 1889, se insertaba la siguiente crónica:

“Hay un pueblo en la provincia de Badajos, Azuaga, donde parece que el caciquismo ha alcanzado, no me atrevo a decir mayor desarrollo que en otras partes, y en el que, aburridos sus vecino de soportar las consecuencias del mismo, constituyen una Sociedad de labradores, cuyo lema es Administración y justician sin color político.   Pues bien, llegó la última elección, dan la batalla a los caciquee y triunfan en toda la línea, sacando los ocho concejales, con los cuales quedaba el Ayuntamiento constituido con ocho partidarios de la Sociedad de labradores y ocho de los caciques; pero éstos, valiéndose de no sé qué recursos, se arreglan de tal manera que no hay sesiones ni alcalde hace cuatro o cinco meses. Azuaga es un pueblo rico, pero cuya riqueza los concejales de la Sociedad de labradores no han logrado saber en qué consiste, pero siendo muy rico, y el señor Balseda podrá dar de esto algunas noticias, está debiendo a la Diputación provincial y a la Hacienda más de 60.000 pesetas, según certificaciones que tengo en mi poder”.


        O tal vez se referían a estos otros que con buenas dietas se presentaron en Madrid, en uno de sus mejores restaurantes, dándose un buen homenaje, según el diario la Época, en su edición del 24 de junio de 1900:

“En honor del director general de Administración local, don Eugenio Silvela, ha dado un almuerzo en el restaurant de Lhardy una comisión del pueblo de  Azuaga, perteneciente al distrito de Llerena, en la provincia de Badajoz, que ha venido a Madrid a gestionar asuntos de interés para aquel pueblo. Forman la Comisión, el alcalde de Azuaga, Sr. Rengifo, y los Sres. D. Pedro López, médico titular de la villa, D. José Hinojosa, D. Francisco de Tena, D. Patrocinio López y D. Félix Rengifo.
 
 
Valdeiglesias

Además de estos señores, asistió al almuerzo el marqués de Valdeiglesias[4]. A los postres concurrió también el distinguido abogado D. Luis Silvela y Casado[5], único individuo de la familia Silvela que en la actualidad ejerce la abogacía.

Silvela
 

Verificándose en Lhardy, es excusado decir que el almuerzo estuvo perfectamente servido.

El pueblo de Azuaga, al cual representa aquella Comisión, es uno de los de más importancia en la provincia de Badajoz, por su floreciente industria minera. Actualmente se explotan en su término algunas minas de plomo. En sus cercanías existen también importantes minas de carbón. Mayores pudieran ser su prosperidad y su importancia si tuviera todos los necesarios medios de comunicación. Cierto es que tiene ferrocarril; pero le faltan carreteras, y esta falta entorpece el desarrollo de la riqueza, como en muchos otros pueblos de España ocurre. Cuando la buena administración haya remediado los males de hoy, y aquella riqueza alcance todo el desarrollo que alcanzar puede, el pueblo de Azuaga será uno de los de más importancia en la provincia y en la región. Pruébese esto hoy mismo con decir que Azuaga tiene más importancia por su riqueza y el número de sus habitantes que el pueblo de Llerena, cabeza del distrito”.




[1] El auge del liberalismo propició en 1879 que periodistas republicanos abandonaran el diario El Imparcial, para fundar El Liberal en Madrid, que sería una referencia republicana durante la Restauración, junto con El Sol.
[2] Uno de los semanarios editados en Azuaga, asunto que abordaremos en otra crónica.
[3] Zapatero de profesión, participó en la constitución de la Asociación Socialista de Azuaga en 1910, representado a Azuaga, Berlanga, Campillo de Llerena y Fuente del Arco en el IX y XI Congreso del PSOE. Fue elegido concejal de este último partido en el ayuntamiento de Azuaga en las elecciones municipales de 1911, incorporándose a su cargo el 1 de enero de 1912. Aparte, ejerció como Regidor Síndico el 14 de enero de 1914 y actuó en calidad de alcalde en funciones en numerosas sesiones desde junio a diciembre de 1917. Concluye su actividad municipal asumiendo el 1 de enero de 1918 la alcaldía-presidencia, ejerciendo como tal hasta el 1 de abril de 1920 en que fue incapacitado por la Comisión Provincial. Además de estas actividades, fue candidato del PSOE por Castuera y Llerena en las elecciones a diputados provinciales de 1919, sin resultar elegido, y vocal por Extremadura en el Comité Nacional del PSOE en 1920.
 
[4] Alfredo Escobar y Ramírez, II Marqués de Valdeiglesias, Senador del Reino, Gentilhombre de cámara con ejercicio del Rey Alfonso XIII, nacido en Madrid el 18 de marzo de 1854 y fallecido en Madrid el 25 de septiembre de 1954.
[5] Fue ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, de Gobernación y de Marina durante el reinado de Alfonso XIII. Asimismo, fue alcalde de Madrid en dos ocasiones, en 1917 y en 1918. Fundó y dirigió el periódico La Mañana (1909), órgano del Partido Liberal Socialista propuesto en 1908 por José Ortega y Gasset.